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En las décadas de 1980-1990, los grandes complejos habitacionales de periferia registraron considerables transformaciones a causa de una doble realidad: por una parte, el acceso masivo a la vivienda propia de los sectores populares franceses, que hasta entonces habían solucionado ese problema viviendo en monobloques; y por otra, la interrupción del crecimiento económico, que afectó duramente a los obreros, en particular a los jóvenes sin cualificación escolar ni profesional.
Así fue como la urbanización sobre la que se basa el estudio se convirtió - como tantas otras - en el hábitat de los que no pudieron acceder a la movilidad residencial: familias de inmigrantes con muchos hijos, jubilados, mujeres solas con hijos, asalariados pobres, etc. En esas zonas la proporción de familias de inmigrantes es superior a la de otros barrios de la ciudad. Además, los jóvenes provenientes de esas familias resultan allí particularmente visibles a causa de su peso demográfico sobre el total de la población juvenil. Esta es la razón por la que se concentran sobre ellos las miradas inquietas. Los hijos de los inmigrantes, desempleados, poco a poco fueron tomando posesión del barrio, imponiendo sus costumbres a los otros habitantes, que no tenían fuerza social suficiente para controlarlos. Al contrario, dejaban el campo libre a los traficantes que alimentaban los rumores más alarmantes y las ganas de huir de allí lo antes posible. Así fue como el barrio ingresó en una espiral de decadencia: su mala reputación alejaba a los asalariados estables. Esa evolución contribuyó a hacer de los inmigrantes y de sus hijos los presuntos responsables del deterioro de las urbanizaciones y de los daños que sufren los lugares públicos: elementos todos ellos que impiden el establecimiento de buenas relaciones entre los representantes locales y los nuevos habitantes de esas zonas, o entre los militantes políticos "establecidos" y los jóvenes que participan en las asociaciones. Además, después del avance de la derecha en las elecciones municipales de 1983, se registró un aumento de la abstención, en detrimento del PC. A partir de 1989 el Frente Nacional se convirtió en el segundo partido en cantidad de votos (6). Con un trasfondo de xenofobia abierta, el avance de la extrema derecha contribuyó a bloquear la escena política. Los jóvenes que participaban en las asociaciones de barrio fueron paulatinamente abandonados por los representantes locales, que empezaron a utilizar un discurso cada vez más represivo. Ni siquiera ellos lograron eludir las nuevas interpretaciones de los desórdenes urbanos, que mezclan indiscriminadamente a los jóvenes que viven en las urbanizaciones con los delincuentes, ocultando sus dimensiones sociales (7). Además, temieron que el electorado popular rechazara a los militantes de la urbanización. Por eso se opusieron a que éstos "ascendieran" dentro del aparato municipal, argumentando permanentemente que "no es el momento oportuno". El temor a las repercusiones electorales que podría tener una presencia demasiado visible de los hijos de inmigrantes, no se vio compensado por los eventuales beneficios políticos que los representantes de la izquierda podrían obtener ayudándoles a ascender. Con mayor razón en la medida en que las familias de inmigrantes y sus hijos están cada vez más divididos. Las condiciones de vida en los monobloques de alquiler económico en los que fueron reubicados, hizo que las familias casi no se conocieran, y que vivieran su instalación en los mismos edificios como una relegación. Por otra parte, el desempleo que padecen los jóvenes y la existencia de tráfico de drogas en el barrio, les hace temer el contagio de los adolescentes que ya tienen problemas escolares. Todos estos factores favorecen el repliegue sobre sí, cuando no la tendencia a un "sálvese quien pueda". La abstención electoral marca récords en las urbanizaciones (tanto en la Cité du Luth como en otras con la misma historia) y entre los hijos de inmigrantes (8): es el fruto de la escasa politización de los jóvenes de medios populares, pero también del deterioro del ambiente consecutivo a la drástica clausura de futuro social y profesional de los hijos de obreros. Hoy en día, es preciso medir el coste socio-político de ese abandono por parte de los partidos políticos de izquierda. En primer lugar, está la desmoralización de los militantes más comprometidos: una generación se retira de la vida asociativa y política pues no hay militancia que dure sin gratificación material o simbólica. Al no haberlos escuchado, el PC y el PS "perdieron el tren" (9) de los hijos de los inmigrantes, que no pudieron ser ni el relevo ni el aguijón de las organizaciones de izquierda. Además, actualmente, todo un sector de militantes se aleja de la izquierda y busca un reconocimiento social y político en otros lados (10). Ahora desconfían de los representantes de izquierda. El deslizamiento hacia la derecha que evidencian algunos portavoces de las urbanizaciones es alimentado por la negativa a complacerse en la miseria. La atracción que ejerce sobre ellos el éxito económico es muy fuerte, pero también se esfuerzan por no ser confundidos con los delincuentes ni con los que viven de subvenciones del Estado. Ahora algunos representantes comunistas y socialistas reconocen haber fallado a esa cita histórica. ¿La aparición de nuevos representantes surgidos de esa inmigración magrebí podrá modificar el panorama? No es seguro, al menos si no viene acompañada de una nueva formulación del problema social, que tenga en cuenta el desempleo, la precariedad y la discriminación, fenómenos que afectan en primer lugar a los habitantes de las urbanizaciones periféricas. |