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Alava fue de Navarra 79 años, Guipúzcoa 84 y Vizcaya 58 años.
Desde 1155 en que lo había hecho Vizcaya, en 1200 Guipúzcoa se integró de forma pacífica en Castilla, renegando de cualquier posible historia común con Navarra, en cuanto a Alava mantuvo la navarridad por la presencia de una guarnición navarra y al hecho de que la personalidad alavesa estaba salvaguardada por el reconociemiento de las Juntas de Arriaga. En una breve descripción cronológica de hechos vemos los datos más significativos, a los efectos de situar posteriormente el significado del conjunto de atribuciones o relaciones politico-sociales que algunos tratan de atribuir a situaciones históricas que son ficticias, y ajenas a la realidad. Veamos: 409: Entran en la península por Roncesvalles suevos, vándalos, alanos y más tarde visigodos(415). A partir de la llegada de los visigodos parece que se da una globalización lingüística. Vascones serían los que hablaban vasco, y Vasconia el territorio que ocupaban. 718: La península se encuentra invadida por los musulmanes. Guipúzcoa permanecerá al margen de esta ocupación. S. VIII - X: Durante estos siglos una parte de la actual Guipúzcoa, la más accidentada, pertenecerá al reino Asturiano; mientras que el resto se integrará en el naciente reino pamplonés (s. IX). S. IX - XI: Se produce una transformación de la propiedad colectiva en propiedad privada, dentro de una organización social de tipo feudal. Van surgiendo grupos familiares poderosos, los futuros "Parientes Mayores" o Jauntxos rurales, en cuyas manos quedará la mayor parte de las tierras y botines. Y comienza el descenso del bosque a los valles para formar aldeas, por parte de los segundones y artesanos.. Población aproximada de 14.000 habitantes. Se agrupan en aldeas, denominándose valle a un conjunto de ellos. S. IX : Los guipuzcoanos comienzan a salir a la mar. S.- X: Evangelización sistemática y progresiva de Guipúzcoa. S. XI: Guipúzcoa entidad diferenciada, denominada Distrito administrativo al frente del cual los reyes navarros colocaban una persona, tenente, que regía el territorio bajo su autoridad. 1025: Primera mención de Guipúzcoa en un documento. 1076: Guipúzcoa pasa a formar parte de Castilla. 1109: Guipúzcoa vuelve a depender de Pamplona. S. XII: Hasta la segunda mitad del siglo la población guipuzcoana fue exclusivamente rural. 1180: fecha de la fundación de la villa de San Sebastián . En 1193, el vizconde de Lapurdi (Bayona) Guillermo Raimundo cede sus derechos señoriales al rey de Inglaterra, Enrique de Plantagenet, el cual se convierte en Duque de Aquitania al casarse con Leonor de Aquitania, y por ello durante siglos Bayona, Biarritz y alrededores estarán bajo dominio inglés.. 1200: Guipúzcoa queda incorporada definitivamente a Castilla. 1383, fecha en que se fundaron Cestona y Villarreal de Urrechua, y se crearon, además, otras 25 villas más en Guipúzcoa. En 1379: primer ordenamiento jurídico, expresado por escrito, redactado por la Junta de la Hermandad de los Concejos reunida en Guetaria. Hasta entonces la norma por la que se regían era de transmisión oral y consuetudinaria (los usos y costumbres). Es preciso tener en cuenta que no existía UNA CONCIENCIA NACIONAL navarra o vasca que conllevase un sentimiento de unidad a Navarra. Por el contrario, existía un fuerte arraigo del Señorío como entidad política de cada una de las regiones y una muy fuerte identidad particular de ser de Alava, Vizcaya y de Guipúzcoa, según el criterio de la mayoría de historiadores creíbles.. En ese proceso, durante los siglos XIII a XV, se afinaron y afirmaron los perfiles de cada uno de los componentes sociales y de los tres espacios político-territoriales. Por lo que respecta a los primeros, encontró su estímulo en la decidida política por parte de los reyes castellanos en Guipúzcoa y Álava, y del señor de Vizcaya (desde 1379, él mismo rey de Castilla) en la creación de villas. La población de éstas, en especial, la de las más grandes, se constituyó en paladín de actividades mercantiles, claramente hostil al mundo rural de los parientes mayores. Todas las regiones vascongadas obtuvieron unos FUEROS sin los cuales hubiese sido imposible su pertenencia a Navarra o a Castilla. Era tan poderosa la identidad de guipuzcoanos, alaveses y vizcainos que Castilla se apresuró a DOTAR de fueros o privilegios exclusivos a estas provincias a los efectos de permitirles el autogobierno dentro del Reino de Castilla. Úlima edición por tellagorri fecha: 29/Oct/05 a las 20:08. |
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La entrada de los almoravides norteafricanos, sus victorias sobre Alfonso VI (Sagrajas, 1086; Consuegrra, 1097; Uclés, 1108) y su dominio político en al-Andalus, frenaron la expansión y el hegemonismo castellano-leones tanto como la crisis del reino a la muerte de Alfonso VI, al tiempo que los reyes de Aragón y Navarra, Pedro I y Alfonso I (1104-1134) conseguían ampliar su reino en el valle medio del Ebro (conquistas de Huesca, 1096, y Zaragoza, 1118), y Ramón Berenguer III lanzaba una primera expedición contra Mallorca y conquistaba Tarragona entre 1118 y 1126.
La decadencia del poder almoravide permitió un nuevo avance cristiano pero el equilibrio político entre los reinos comenzaba a modificarse: Alfonso VII de Castilla y León (1126-1157) mantuvo el titulo de "emperador" y una hegemonía política sobre otros reyes y poderes cristianos y musulmanes basada en pactos vasalláticos, pero NAVARRA volvió a tener rey propio desde 1134, aunque perdió definitivamente la frontera con al-Andalus, mientras que Aragón y Cataluña se unieron bajo Ramón Berenguer IV desde 1137 y el condado de Portugal pasó a ser reino independiente desde 1139-1143. A la muerte de Alfonso VII, León y Castilla se separaron, hasta 1230, de modo que aquella época de la reconquista estuvo protagonizada por la colaboración y la competencia entre los cinco reinos. En la gran ofensiva de los años cuarenta, Alfonso VII tomó Coria (1142), completó el dominio de la cuenca del Tajo en su sector castellano, y conquistó por unos años Baeza y Almería (1147), mientras que Alfonso I de Portugal tomaba Lisboa (1147) y Ramón Berenguer IV Tortosa, Lérida y Fraga, y establecía con Alfonso VII el tratado de Tudillén (1151) asegurando su espacio de futuras conquistas en Valencia y Denia. En la segunda mitad del siglo XII, las combinaciones de alianzas y guerras entre los reinos cristianos y la presión creciente de los almohades -que acaban hacia 1172 con todos los poderes independientes andalusíes- frenaron parcialmente el avance conquistador y obligaron a nuevos esfuerzos de organización militar (expansión de las órdenes militares; importancia de las huestes de los concejos). Alfonso II de ARAGÓN conquistó Teruel (1171), ayudó a Alfonso VIII de Castilla en la toma de Cuenca (1177) y en 1179 ambos firmaron el tratado de Cazorla, que delimitaba las fronteras de ambos reinos y sus zonas de expansión futura. En 1186, Alfonso VIII fundó Plasencia frente a los almohades, que mantenían la línea del Tajo, en la actual Extremadura, y lanzaron varias ofensivas que culminan en su victoria de Alarcos (1195), muy dañina para los avances castellanos en La Mancha. La reacción cristiana tardó en llegar: en julio de 1212 Alfonso VIII, con apoyo de otros reyes peninsulares y de cruzados europeos, obtuvo una gran victoria en Las Navas de Tolosa. Poco después se iniciaba el desmoronamiento del Imperio almohade, tanto en el Magreb como en al-Andalus, y las divisiones internas de los musulmanes facilitaban el rápido avance conquistador de los cristianos. PORTUGAL, después del tratado de Sabugal (1231) con Castilla y León sobre zonas de expansión, completó la conquista del Alentejo (Serpa, Moura, 1232) y la del Algarbe al Este del Guadiana (Ayamonte, 1239). Después de 1249 sólo hubo algunos reajustes fronterizos con Castilla y León que, desde 1232, había puesto bajo su protección al reino taifa de Niebla pare evitar la posible conquista por los portugueses. En el ámbito LEONÉS, el avance prosiguió por la actual Extremadura, zona de máxima resistencia militar musulmana: Valencia de Alcántara (1221), Cáceres (1229), Mérida y Badajoz (1230), Trujillo (1232). Mientras tanto, se progresaba en la otra gran línea de avance, específicamente castellana, a partir de La Mancha y alto Guadalquivir: Alcaraz (1215), Quesada y Cazorla (1224), Baeza (1232) y Córdoba (1236). Por entonces, desde 1230, Castilla y León habían vuelto a unirse en una misma Corona, bajo Fernando III (m. 1252), lo que aumentó su capacidad ofensiva justamente cuando desaparecían los últimos restos del poder almohade en al-Andalus. La caída de Córdoba, que era un símbolo del pasado esplendor de al-Andalus, permitió el rápido dominio de la campiña del Guadalquivir; mucho más difícil fue la tome de Jaén (1246), conseguida por pacto, a cambio de reconocer la existencia del emirato de Granada, como vasallo de Castilla, en las zonas montañosas de la Andalucía oriental. Dos años antes, el infante Alfonso, hijo y heredero de Fernando III, había sujetado a protectorado militar el reino taifa de Murcia, y alcanzado con Jaime I de Aragón (1214-1276) el tratado de Almizra (1244), que señalaba los límites de su expansión hacia el sur: en efecto, el rey de Aragón había llevado a cabo ya la conquista de su zona de influencia; tomó Mallorca e Ibiza entre 1229 y 1235 y, en la península, ocupó entre 1232 (conquista de Morella) y 1246 (Denia) todo lo que sería el nuevo reino de Valencia, cuya capital cayó en 1238. La culminación de las conquistas ocurrió cuando Fernando III entró en Sevilla, antigua capital andalusí de los almohades (1248). Unos años más tarde, en 1262-1263, Alfonso X (1252-1284) incorporó por completo las sierras de la baja Andalucía sujetas hasta entonces sólo a protectorado y control militar: Cádiz y Niebla (1262). La revuelta de los musulmanes MUDÉJARES andaluces y murcianos en 1264, con apoyo del emirato de Granada, y su derrota, consumó los efectos de las conquistas anteriores: Alfonso X expulsó a casi todos los musulmanes de la Andalucía cristiana y, con ayuda de Jaime I, completó el dominio de Murcia, cosa imprescindible pare el rey aragonés tanto para asegurar su victoria sobre los mudéjares valencianos, que produjeron revueltas parciales hasta 1276, como para señalar sus pretensiones más allá de los límites fijados en Almizra: años después, Jaime II, tras una guerra con Castilla, anexionó a Valencia la parte norte del reino de Murcia en 1304. El cambio general de circunstancias políticas y económicas y la dificultad para completar la colonización de las tierras conquistadas pusieron fin al avance de los reyes cristianos en el último tercio del siglo XIII. A ello se unió la fuerte capacidad defensiva del emirato de Granada y el apoyo que recibió de los meriníes norteafricanos entre 1275 y 1350. Úlima edición por tellagorri fecha: 4/Dec/05 a las 00:12. |
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La historia de cómo se preparó el asalto a Constantinopla en 1204 por unos europeos cegatos y codiciosos.
Es difícil establecer un punto de partida para el odio mutuo que se apoderó simultáneamente de bizantinos y latinos. Podríamos decir que sucedió en la época del patriarca Focio, el césar Bardas y el emperador Miguel III, que excomulgaron al Papa Nicolás en un sínodo de 867. O en el Cisma de 1054, reinando en Bizancio Constantino IX Monómaco, cuando el patriarca Miguel Cerulario y la embajada romana a Constantinopla se excomulgaron mutuamente, sin saber que esos actos constituirían la ruptura definitiva de las dos iglesias. O tal vez fuera en 1099, cuando los contingentes adelantados de la primera cruzada, después de atravesar el Bósforo e ingresar en Asia Menor, fueron masacrados por los turcos seljúcidas, y los latinos les echaron la culpa a los bizantinos tildándolos de traidores, incapaces de pensar que pudieran ser derrotados de otra manera, ya que iban con Dios de su lado... Constantinopla, la ciudad de oro, la de las iglesias enormes y riquísimas decoradas con mosaicos extraordinarios y los emperadores dadivosos que repartían oro y plata a sus súbditos y servidores, la ciudad del lujo, la seda y los monasterios de ladrillo con enormes riquezas, la ciudad cismática, la rebelde, el lugar donde el Papa significaba muy poco, fue poco a poco objeto del deseo de los occidentales. Hubo distintas formas de tentar una ocupación del territorio bizantino, según quien fuera el pretendiente. Por un lado, los normandos, que terminaron con la Italia bizantina en 1071 con la toma de Bari, el mismo año en que los turcos seljúcidas derrotaban a Romano IV Diógenes en Matzikert y se produjera una guerra civil desastrosa para Bizancio, saldada con la pérdida de importantísimos territorios de Asia menor. Los normandos cruzaron el Mar Adriático, sedientos de conquistas, con el ánimo de seguir reduciendo al Imperio, pero se encontraron con una dura resistencia dirigida por Alejo I Comneno, que los rechazó luego de años de violentos enfrentamientos. Los venecianos, en cambio, muy astutos y ya considerablemente enriquecidos por su comercio creciente con Oriente, se aprovecharon de la decadencia de la armada bizantina, de la cual imitaron los tipos de barcos y las rutas a seguir; y alimentados por los reinos latinos de Oriente, consiguieron en 1082 gracias a su habilidad diplomática, y a modo de intercambio por el servicio de sus naves en las batallas del emperador (muy poca cosa en realidad), la libertad de comerciar en todo el Imperio sin pagar tributo, lo que significó en pocos años, gran riqueza para Venecia, y pobreza cada vez más evidente para los bizantinos. Los señores VENECIANOS trataban mal a los bizantinos, se movían por el Imperio como si fueran sus dueños y poco a poco se llevaban todos los recursos de Bizancio para su ciudad. Los venecianos tenían sus propios barrios acomodados en cada puerto y en cada isla bizantina importante, vivían en el lujo mientras los mercaderes locales, agobiados por los impuestos, no podían competir y se volvían cada vez más pobres. Hubo intentos de los siguientes emperadores de tratar de sacarse el yugo económico veneciano de encima, como el de Juan II Comneno en 1126, pero la flota veneciana respondía con serios ataques que los obligaban a volver a firmar pactos deshonrosos. Fue Manuel I Comneno quien se atrevió a firmar pactos con Génova (1169) y Pisa (1170) -aunque era una solución de cambiar un dueño por otro-, y a organizar una detención de todos los mercaderes venecianos, con confiscación de bienes y barcos el 12 de marzo de 1171. Venecia contestó devastando las islas de Chíos y Lesbos. Estos hechos, entre otros muchos, provocaron en mayo de 1182 un levantamiento del pueblo de Constantinopla contra los latinos que allí residían, probablemente instigados por Andrónico Comneno, futuro emperador y emblema antilatino. Todos los occidentales fueron masacrados de manera espantosa. Sus bienes fueron saqueados y sus barrios fueron incendiados en un ataque de furia desmedida, producto de un sentimiento de odio alimentado a través de muchos años. A partir de ese momento, la idea de tomar Constantinopla fue creciendo aún más en Occidente. En 1204, la organización de la CUARTA CRUZADA le dio una excelente excusa al dux veneciano, Enrico Dándolo (quien aparentemente habría sido víctima del ataque a los latinos en la capital bizantina en 1182, quedando ciego), para, mediante ciertos ardides, desviar la atención de la cruzada hacia Constantinopla. No son los hechos de la toma de la ciudad cristiana por excelencia el objeto de este trabajo. Solamente queda decir que los soldados francos y venecianos, y todos los demás cruzados, una vez en posesión de la ciudad, se dedicaron a saquearla sistemáticamente, mataron a cuanta persona se les cruzara en el camino, entraron a las iglesias, a las casas, a los palacios, y los despojaron de todo lo que tenía valor, incendiaron edificios, casas, todo lo que no les interesara mantener, transformando la más grande ciudad cristiana del mundo en una ruina, tanto que jamás pudo sobreponerse a este golpe. El Imperio Latino de Oriente duró apenas 57 años, pero ese tiempo fue suficiente para robar o destruir casi todo lo que había logrado el Bizantino en casi 900 años. Pero incluso esto, aunque constituyó una pérdida irreparable, no fue lo más terrible: lo más penoso fue que unos cristianos le habían asestado el golpe mortal a otros cristianos; era la misma fe la que todos llevaban dentro, los bizantinos no eran los infieles que las cruzadas debían combatir, y el crimen que se cometió con el desvío de la cuarta cruzada fue una de las páginas más lamentables y vergonzosas de la Historia. Úlima edición por tellagorri fecha: 4/Dec/05 a las 00:12. |
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![]() Las ciudades, que habían constituido la gran novedad en la época de la plenitud medieval, es decir, en el periodo comprendido entre los siglos XI y XIII, continuaron su desarrollo en las dos últimas centurias de la Edad Media. En contraste con lo que aconteció en el medio rural, en donde se multiplicaron los despoblados, en el ámbito urbano continuó el proceso expansivo que venia de siglos anteriores, si bien el mismo se desarrolló a un ritmo mucho más suave. Ciertamente, el auge de los núcleos urbanos del periodo 1000-1300 era prácticamente inalcanzable. Pero hay que tener en cuenta que aquél casi partía de cero, lo que explica que se hable sin más de renacimiento de la vida urbana pare referirse al proceso que conoció Europa después del año 1000. Así sucedió, por ejemplo, con la localidad alemana de Buxtehude, próxima a HAMBURGO, que prosperó debido a su excepcional localización, pues se encontraba en la ruta mercantil que unía dos gigantes de la economía europea bajomedieval, BRUJAS y LÜBECK. En otros casos se fundaban nuevos núcleos urbanos por razones de índole militar, como aconteció en la región francesa de Gascuña, en función de la guerra sostenida contra los ingleses. Pero también pudo ser el punto de partida de la fundación de nuevas villas, simplemente la puesta en práctica de una reordenación del poblamiento. Es lo que ocurrió en las tierras hispanas del PAIS VASCO, testigo en el siglo XIV de la fundación de diversas villas, entre ellas la de Bilbao, creada en el año 1300 por iniciativa del señor de Vizcaya. De todos modos fueron muy pocas las nuevas ciudades que surgieron en el final de la Edad Media. Más significativo fue, por el contrario, el desarrollo urbano de las viejas ciudades. El mejor testimonio de ese crecimiento lo constituye, sin duda, el hecho de que, en pleno siglo XIV, es decir, en una época de crisis, se erigieran nuevas murallas en numerosas ciudades europeas, tanto de Francia, como de Italia o del Imperio germánico. Mencionemos algunos de los casos más destacados: Hamburgo y Orleans, en 1300; Ratisbona, en 1320; Metz, en 1324; París, en 1360; Augsburgo, en 1380. También data del siglo XIV la tercera muralla que se levantó en Florencia. Asimismo, el crecimiento urbano en la décimo cuarta centuria está atestiguado en ciudades como COLONIA, GÉNOVA o MILÁN. El núcleo urbano de París, por descender a un caso concreto, había pasado de unas 275 hectáreas, con las que contaba al finalizar el siglo XII, a las casi 450 que tenía en la segunda mitad de la decimocuarta centuria, en tiempos del rey Carlos V, monarca que ordenó construir una nueva cerca. El desarrollo urbano de los siglos XIV y XV está estrechamente ligado con el crecimiento de la población de las ciudades. Sin duda las pestes causaron graves daños en los núcleos urbanos. Pero ello no impidió que las ciudades fueran, por lo general, lugares de acogida de gentes del campo, que, tras huir despavoridas de los terrores de la época, pensaban encontrar un refugio, físico y sobre todo psicológico, detrás de los muros urbanos. Por lo demás, la crisis que afectó al medio rural en el siglo XIV alentó la emigración desde el campo hacia la ciudad. Numerosos labriegos abandonaban el terruño, pues estaban convencidos de que iban a encontrar mejores oportunidades de trabajo en las urbes. Un dato suficientemente revelador, a este respecto, nos lo proporciona Génova: el 90 por 100 de todos los que trabajaban en dicha ciudad en la industria de la seda, a finales de la decimocuarta centuria, eran originarios de los campos colindantes. Pero los ejemplos podrían multiplicarse por doquier. A. Rucquoi ha demostrado cómo VALLADOLID fue, en el transcurso de los siglos XIV y XV, un centro de acogida de emigrantes que procedían, en su mayor parte, de las zonas rurales del entorno. Claro que, junto a los movimientos migratorios masivos, por supuesto los más frecuentes, hubo también migraciones selectivas. Tales fueron los casos de los hombres de negocios genoveses que se asentaron en ciudades de la Andalucía Bética, de los artesanos flamencos que acudieron a Inglaterra para enseñar las sutilezas de su oficio o de los mercaderes de diversos países que establecieron colonias en Brujas. Quizá la diferencia más sustantiva entre las ciudades y el campo se hallaba en las funciones que aquellas desempeñaban. Pero también participaban de esa misma sustancia las modestas villas que funcionaban como centros del comercio regional de su entorno. Ahora bien, un rasgo sobresaliente de las ciudades medievales de fines del Medievo fue la asunción creciente de otras funciones. En primer lugar nos encontramos con el papel de la ciudad como centro de la vida política y administrativa, fenómeno que corre parejo con la gestación de los Estados modernos. En ese capitulo cabria incluir, como ejemplos de indudable relieve, a PARIS, LONDRES, ROMA, NÁPOLES, BARCELONA o VALLADOLID, todos ellos en cierto modo capitales de sus respectivos núcleos político-territoriales, sin olvidar a Aviñón, que durante algo más de un siglo fue la sede del Pontificado. En otro orden de cosas se situarían los núcleos urbanos que prosperaron gracias a la presencia de una UNIVERSIDAD, lo que permitiría hablar, si la expresión no resultara demasiado forzada, de una función intelectual. Es lo que sucedió, en tierras hispanas, con SALAMANCA, o con OXFORD y CAMBRIDGE en Inglaterra. Por eso se puede afirmar que la ciudad europea bajomedieval tenía, como rasgo más sobresaliente, la polifuncionalidad. Si fijamos nuestra atención en la estructura social de las ciudades de los siglos XIV y XV observaremos, dentro de la diversidad de situaciones existentes, una tendencia común: la polarización en torno a dos grupos fundamentales, por lo demás ubicados en posiciones no solo alejadas entre si sino incluso antagónicas. J. Heers habló, para referirse a los mencionados grupos, de aristocracia y proletariado. La ARISTOCRACIA tenía el poder económico y político, el proletariado simplemente suministraba la fuerza de trabajo. La aristocracia urbana equivalía a lo que en muchos lugares se denominaba patriciado. Es cierto que también se utiliza con frecuencia en el ámbito historiográfico la expresión oligarquía urbana, pero este término tiene que ver, ante todo, con la forma concreta de ejercer el gobierno. La expresión proletariado, por otra parte, no nos parece tampoco muy adecuada para referirnos a los siglos XIV y XV. Quizá sea mejor hablar del COMUN, la gente menuda, la plebe o simplemente el pueblo. En cualquier caso la contraposición entre ambos grupos era palmaria. Por otra parte, en textos castellanos del siglo XV encontramos con frecuencia alusiones a la pugna entre caballeros y pueblo o entre principales y pueblo. Se nos dirá, no obstante, que también hay textos de fines de la Edad Media que señalan, a propósito de las sociedades urbanas, la existencia de una estructura tripartita, integrada por grandes, medianos y pequeños. Ciertamente, el poder de la aristocracia tenía sus fundamentos en el control de la actividad económica de sus respectivas ciudades. El patriciado lo integraban, ante todo, grandes hombres de negocios, es decir, gentes dedicadas básicamente al comercio de larga distancia pero también personas relacionadas con el mundo de las finanzas, en particular de la banca. Asimismo podían pertenecer al patriciado los maestros de las principales corporaciones de oficios. Los Médicis florentinos o el francés Jacques Coeur pueden ponerse como ejemplos paradigmáticos del patriciado europeo bajomedieval. Pero junto al poder económico la aristocracia urbana controlaba también el poder político. El proceso de monopolización, o si se quiere oligarquizáción, del poder municipal por la aristocracia urbana venía de atrás. En cualquier caso puede decirse que estaba consumado en los albores del siglo XIV. A través de sistemas de cooptación las grandes familias lograron acaparar el gobierno de sus ciudades. Sin duda hay significativos matices de unos países a otros. En la Corona de Castilla, en donde desempeñaron un papel muy importante los linajes, se produjo una fusión entre la nobleza local, en principio grupo dominante, y los hombres de negocios, habitualmente por la vía de los enlaces matrimoniales, dando lugar a lo que C. Carlé ha denominado, muy expresivamente, caballeros-patricios. En el otro extremo del abanico social se hallaba EL COMÚN. Sin duda no era éste un grupo homogéneo, pero, aun admitiendo la estratificación que se observaba en su seno, no dejaba de poseer también algunos rasgos que lo singularizaban. Recordemos los más significativos: en el plano económico, su dependencia de los patricios; en el terreno político, la práctica imposibilidad de la gente menuda de acceder al gobierno municipal. Por lo demás, también separaban al común de la aristocracia el estilo de vida de unos y otros, la ropa que utilizaban, el tipo de alimentación, los hábitos de comportamiento e incluso el lenguaje que utilizaban. Úlima edición por tellagorri fecha: 17/Feb/06 a las 20:08. Razón: Corrección estética |
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La herencia de Enrique II fue a parar a manos de Ricardo I (Corazón de León), hombre bien capacitado políticamente. Acompañando a Felipe Augusto y a los alemanes de Federico Barbarroja en la Tercera Cruzada, dio muestras de extraordinario talento militar.
A su regreso de Tierra Santa fue hecho prisionero por el duque Leopoldo de Austria, circunstancia aprovechada por Felipe de Francia para intentar la conquista de Normandía. El Capeto fue hombre que aprovechó a fondo las contradicciones del mundo angevino cuya unidad sólo se mantenía gracias a la pericia de los monarcas ingleses. Ya en 1186, a la muerte de Godofredo de Bretaña y aprovechando la minoridad de su heredero Arturo, se había erigido con la guarda del ducado. Sin embargo, la liberación de Ricardo en 1194 fue fatal para los intereses de París. El Plantagenet se dispuso a rehacer sus dominios en Francia infligiendo una terrible derrota a Felipe cerca de Freteval (1194). Por mediación pontificia, ambos rivales llegaron a suscribir una tregua durante la cual Ricardo murió delante del castillo de Chalus en una escaramuza contra un vizconde rebelde. Sin herederos legítimos, la herencia de Ricardo fue objeto de inmediata disputa. Su hermano Juan no tuvo dificultades para controlar Inglaterra y Normandía; su anciana madre LEONOR seguía como SEÑORA DE AQUITANIA; los barones de Anjou optaron por Arturo de Bretaña. En julio de 1202, Juan obtuvo sobre sus rivales, atizados por Felipe Augusto, un resonante triunfo en Mirabeau con prisión de Arturo incluida. Sin embargo, el monarca inglés, un ciclotímico no más cruel que cualquiera de sus contemporáneos, despilfarró su éxito en muy pocos meses. La misteriosa muerte de Arturo fue la señal para una vasta rebelión en el continente. Perdidos la mayor parte de los apoyos, Poitou, Anjou, Maine y Turena escaparon a la autoridad de Juan. Felipe Augusto aprovechó la oportunidad para, en fulgurante campaña, invadir Normandía y entrar en Rouen el 16 de abril de 1203. En el frente Sur, la muerte de Leonor de Aquitania desató las ambiciones de Alfonso VIII de Castilla que trató de hacer efectivos los derechos al ducado de su esposa también llamada Leonor y hermana de Juan. En 1205 el Imperio angevino estaba en ruinas. En los meses siguientes, Juan pudo rehacerse parcialmente: el arzobispo de Burdeos organizó la defensa contra los castellanos y el Plantagenet lograba recuperar algunas posiciones al suroeste del Poitou: Saintonge, Angulema y Aunis. A lo largo de los años siguientes, las campañas en Francia se condujeron de forma más relajada. Juan lo aprovechó, sobre todo, para acometer operaciones de castigo en la frontera escocesa, en Irlanda y en Gales. Ello permitió a Londres ejercer una autoridad sobre la periferia británica como nunca hasta entonces se había logrado. Un nuevo enfrentamiento con el pontificado provocó una larga crisis que, desde 1213, llevará a una reanudación de las hostilidades. Un intento de desembarco francés en Inglaterra con el beneplácito pontificio fracasó estrepitosamente. Juan volvió a la sumisión a la Santa Sede, pero el sistema de alianzas se había reavivado tan peligrosamente que la guerra generalizada se hacia inevitable. Autores del siglo XIII como el cronista Alberico des Trois-Fontaines o del presente como Yves Renouard, han destacado la importancia de los acontecimientos que se desarrollaron en Europa a partir de 1212. En esta fecha los hispanocristianos obtienen la resonante victoria de Las NAVAS DE TOLOSA; en 1213 el ejercito cruzado de Simón de Montfort derrotaba a Pedro II de Aragón aliado "malgre lui" de los señores filoalbigenses del Mediodía de Francia. Muret fue un éxito militar del vencedor en el campo de batalla y un éxito espiritual de la Iglesia romana en su lucha contra la disidencia religiosa. A la larga lo sería también de la realeza Capeto ya que le dejaría un terreno abonado para intervenir directamente en los asuntos del Midi. De efectos mucho más inmediatos para Felipe Augusto de Francia lo fue otro éxito militar: la batalla de BOUVINES librada el domingo 27 de julio de 1214. Bouvines fue el desenlace del largo contencioso mantenido por la realeza Capeto con sus rivales Plantagenet y con sus entonces aliados: los condes de Flandes y Boulogne y el ocupante del trono imperial Otón IV de Brunswick. Textos de la época redactados a mayor gloria de Felipe Augusto (poema de Guillermo el Bretón) y del presente siglo (el magistral estudio de G. Duby) han destacado la trascendencia militar y política de este acontecimiento. Desde la habilidad táctica del consejero militar del Capeto, el obispo Guerin de Senlis a la hora de distribuir las fuerzas reales, pasando por el valor militar derrochado en ambos bandos, hasta desembocar en la huida de Otón y la prisión de los condes de Flandes y Boulogne por Felipe Augusto. Bouvines suponía el mayor triunfo de los Capeto en el campo de batalla y ratificaba con creces la pequeña victoria que unos meses antes el heredero de la Corona, Luis, había obtenido en el Sur (escaramuza de La Roche-Aux-Moines) sobre un contingente inglés. Bouvines tuvo otros efectos no menos resonantes. Para la imagen de la monarquía Capeto se creó el mito de la victoria sobre una feudalidad de fidelidades cambiantes. Y ello, gracias al concurso de las "buenas ciudades" que, con sus milicias, habían apoyado la causa del rey. Bouvines -y no es poco- había supuesto también la derrota del peligro proveniente del Este, del Imperio, por mas que Otón de Brunswick fuera a la sazón un soberano cuestionado en sus derechos por los partidarios del rey Federico de Sicilia, futuro Federico II. Pero, ante todo, Bouvines había hecho abortar los intentos de los Plantagenet por recuperar las posiciones perdidas años atrás. A Juan Sin Tierra no le quedaba en el continente más que algunos restos de la vieja y amplia AQUITANIA. Los territorios del norte de Francia entraban en la órbita Capeto. La relación de fuerzas experimentaba una trascendental inversión: desde 1213 el litoral meridional de Inglaterra se hacía vulnerable a los propósitos expansionistas de París. Felipe Augusto era, así, algo más que el "muñidor de tierras" o el "arquitecto del Estado nacional francés". Una visión muy esquemática ha presentado la historia de Inglaterra y Francia tras Bouvines como la de dos países que iniciaron dos trayectorias políticas distintas. Inglaterra se habría encaminado por la senda de un protoconstitucionalismo. Francia se habría erigido en una especie de monarquía carismática. De hecho, la estructura de ambos países -y la de los demás del Occidente- presentaba abundantes rasgos comunes: los dos eran monarquías feudales con ciertos elementos calificables de suprafeudales. Dos referencias siguen siendo obligadas para los historiadores: la Carta Magna en Inglaterra y el gobierno de Luis IX en Francia. Úlima edición por tellagorri fecha: 4/Dec/05 a las 00:12. |
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Gengis Khan
Gengis Kan, nombre por el que es conocido Timuyin (c. 1167-1227), conquistador mongol, sus ejércitos nómadas crearon un vasto Imperio bajo su poder que se extendía desde China hasta Rusia. Nació cerca del lago Baikal (en la actual Rusia), hijo de Yesugei, jefe y dirigente mongol de una extensa región entre el río Amur y la Gran Muralla china. A la edad de trece años, Timuyin sucedió a su padre como jefe tribal. Su temprano reinado se vio marcado por las sucesivas revueltas de sus tribus y por una intensa lucha por mantener su liderazgo, pero el dirigente mongol mostró muy pronto su capacidad militar y no sólo conquistó a sus indisciplinados súbditos sino también a sus hostiles vecinos, asesinando despiadadamente a todos los que se le oponían. En 1206 Timuyin ya era el dueño de casi toda Mongolia. Ese mismo año, la asamblea de las tribus dominadas le proclamaron Gengis Kan (chêng-sze, en chino ‘guerrero valeroso’ en turco khan, ‘señor’), líder de las tribus mongoles y tártaras unidas, y la ciudad de Karakorum (Karakoram) fue designada como su capital. Fue entonces cuando el kan inició la conquista de China, con el pretexto de buscar un lugar de pasto para sus caballos en los fértiles campos chinos. En 1208 ya había establecido un punto de apoyo dentro de la Gran Muralla, y en 1213 dirigió a sus ejércitos hacia el Sur y el Oeste y se adentró en el territorio dominado por la dinastía Jin (1122-1234), sin detenerse hasta alcanzar la península de Shandong. En 1215 sus ejércitos tomaron la ciudad de Yenking o Zhong-du (actual Pekín), la última fortaleza china al norte del país, y en 1218 la península coreana cayó en manos de los mongoles. En 1219, en venganza por el asesinato de algunos comerciantes mongoles, Gengis Kan envió a sus ejércitos hacia el oeste, invadiendo Jwarizm, un extenso Imperio turco formado por los actuales países de Irak, Irán y parte del Turkestán occidental. Los mongoles arrasaron Turkestán y saquearon las ciudades de Bujara y Samarkand, adquiriendo con sus asesinatos fama de espantosa ferocidad. En lo que hoy en día es el norte de la India y Pakistán, los invasores conquistaron las ciudades de Peshawar y de Lahore así como sus territorios próximos. Al parecer, en aquellos años consejeros musulmanes habían enseñado a Gengis a apreciar el valor de las ciudades como fuentes de riqueza. En 1222 los mongoles entraron en lo que es en la actualidad Rusia y saquearon la región que se extendía entre los ríos Volga y Dniéper y desde el golfo Pérsico hasta casi el océano Ártico. La grandeza del kan como líder militar no sólo se debió a sus conquistas sino también a la excelente organización, disciplina y maniobrabilidad de sus ejércitos. Además, el dirigente mongol fue un admirable hombre de Estado; su Imperio estaba tan bien organizado que, según se decía, los viajeros podían ir desde un extremo a otro de sus dominios sin ningún tipo de temor o peligro. Sin embargo, mostró un salvajismo sin límites hacia sus rivales y enemigos, y utilizó el asesinato como arma habitual en sus conquistas. A su muerte, ocurrida el 18 de agosto de 1227, el Imperio mongol quedó dividido entre sus tres hijos. Cuatro de sus nietos (especialmente Batu Kan y Kublai Kan) se convirtieron en grandes líderes mongoles por propio derecho. Las invasiones de Gengis Kan siguieron gozando de una gran importancia histórica mucho después de su muerte. Úlima edición por tellagorri fecha: 4/Dec/05 a las 00:12. |