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Situación límite
E N estas horas agónicas del Esta-do, en el sentido unamuniano de lucha; deberíamos tener el valor de reconocer el tortuoso camino por el que hemos llegado a esta situación límite. ¿O no lo es cuan-do los resultados electorales pueden ser el co-mienzo de la reconquista del País Vasco para la convivencia y la libertad o bien pueden abrir un proceso de enfrentamientos civiles que sería te-merario describir? El dramatismo del momento debería, en pri-mer lugar, llevarnos a admitir con todas sus consecuencias que el problema vasco ya no es el que tiene la comunidad llamada abertzale sino el que tiene una gran parte de la sociedad vasca para sobrevivir con dignidad. El problema vasco es el que tiene el Estado mismo por lo que respec-ta a sus responsabilidades en la defensa del or-den y de las vidas de los ciudadanos. El proble-ma vasco es el del Estado en la medida en que es negado como tal por una alianza de fuerzas insti-tucionales y terroristas, esto es, por una parte de él mismo —los gobiernos sostenidos por los na-cionalistas— y por la subversión organizada. El problema vasco no es sólo la amenaza de un sistema totalitario sino la realidad instituciona-lizada de ese terror totalitario. El problema vas-co es la creación de una nación mediante la violencia y para la segregación frente a la común española que es, de hecho, la única garantía pa-ra las libertades ciudadanas. Y en esta vigilia dramática deberíamos recono-cer también el camino que nos ha traído hasta aquí. Deberíamos, por tanto, admitir que el movi-miento ahora llamado constitucionalista ha ido a rastras de los acontecimientos del País Vasco en estos últimos veinte años. Ha habido una concien-ciación tardía del asalto sistemático con que los nacionalistas, todos, han ido sometiendo al Esta-do y, al tiempo, oprimiendo de forma sistemática a la ciudadanía vasca que no compartía las tesis etnicistas. Es más: esa ciudadanía está pagando un precio altísimo por la permisividad durante todos estos años, por la ausencia de conciencia ante este proceso. La estrategia de la secesión librada por ETA y el PNV, primero en paralelo y, después, de forma concertada no se ha manifesta-do de una forma abstracta o institucional sino que se ha ejercido cruelmente sobre la ciudada-nía. Se pensó que la lucha se ceñiría a la conquis-ta de los poderes del Estado pero han sido los ciudadanos los que han pagado personalmente la fidelidad a la Nación, al Estado, a la Monarquía parlamentaria, a la Constitución en definitiva. Se comprende que aun hoy exista una resisten-cia a reconocer esta situación tal cual, es decir en su dimensión de guerra civl larvada, de gue-rra puerta a puerta, de persecución en la calle. Una guerra civil que no se quiere reconocer por-que no hay carros de combate ni existe esa otra parte que parece que debe existir en toda guerra que se precie de serlo. Pero aceptadas estas expli-caciones en las que nos refugiamos, a estas altu-ras, en esta hora crepuscular quizá matinal qui-zá vespertina, deberíamos tener el coraje de la lucidez. La historia de esta larga subversión frente al Estado autonómico, inteligentemente modula-da por el PNV a lo largo de estas dos décadas (conoce bien las divisiones y las debilidades ideológicas de los (españolistas» y ha sabido manejar a mucho traidorzuelo) es la historia como digo de una toma de conciencia no sólo tardía sino contradictoria. Así costó demasiado tiempo que la ciudadanía vinculara los asesina-tos de ETA con la creación por parte de los moderados y de los gobiernos vascos de todo un sistema administrativo, policial, educativo, diri-gido a la opresión y a la asfixia de los no compro-metidos con la ((construcción nacional vasca». Había verdadera resistencia a reconocer la glo-balidad de la estrategia abertzale. Aun hoy hay intentos de salvar al PNV o una parte del PNV. La razón de esa actitud, cobarde desde el punto de vista moral, torpe y suicida desde el punto de No se llegaba a las conclusiones globales porque ello habría obligado a reconsiderar la naturaleza del PNV, el silencio de los moderados ante el crimen, su complicidad con Caín vista intelectual y político, era clara: reconocer la naturaleza del PNV habría conducido a un enfrentamiento coherente, tanto por parte de los partidos como por parte de los ciudadanos y de los intelectuales especialmente. Unos y otros tendrían que haberle exigido al Estado la inter-vención en las materias que se lo exige la Consti-tución. En defensa de la parte martirizada. Pe-ro, en vez de eso, se pedía la distensión y con frecuencia se terminaba culpando a las vícti-mas. Detrás de esa ceguera estaba —lo he dicho con frecuencia— la minusvaloración de la Nación como instrumento de solidaridad y estaba en cambio el apoyo a las otras naciones, a las nacio-nalidades. Ha habido en todo esto no sólo una perversión conceptual sino fuertes dosis de rela-tivismo moral y político que se expresa en el menosprecio del Estado. Dicho de otro modo, han sido demasiados los demócratas que han demostrado incapacidad intelectual, moral y po-lítica para entender que un Estado no puede aceptar la subversión organizada en una parte de su territorio sin peligro de convertirse en un espantajo. No sólo no ha contado el Estado con la ayuda necesaria sino que ha sido sometido durante es-tas dos décadas a una fiscalización paralizadora, Todavía hay líderes de opinión y profesionales dé la cultura que ahora mismo consideran la apuesta de Mayor y Redondo «arriesgada» y «provocadora» frente a los nacionalismos. Y si pierden, ¿qué salida quedará?, dicen. Les podría-mos preguntar si acaso preferirían que prosi-guiera el avance exterminador del totalitarismo nacionalista. Conocemos bien los hitos de esta perezosa con-cienciación ante el problema vasco. Durante mu-cho tiempo no se vincularon los asesinatos a la extorsión y persecución diarias.., hasta que co-menzaron a morir concejales. Se quería distin-guir, a cualquier precio, que una cosa eran las acciones de ETA y otra el movimiento naciona-lista; que una cosa era el asesinato y otra la política. Entre las frecuentes fugas de la reali-dad debemos recordar como «ejemplar» aquella campaña de turismo mediante la que se nos pre-tendía hacer creer que el País Vasco vivía en plena «normalidad», que el terror era la excep-ción. Se ocultaba el viacrucis de las familias castellano hablantes, la instrumentación discri-minadora del euskera, la selectividad por razo-nes étnicas. Es verdad que se tenía constancia de todo ello, pero no se llegaba a las conclusio-nes globales porque ello habría obligado a recon-siderar la naturaleza del PNV, el silencio de los moderados ante el crimen, su complicidad con Caín. Ha sido recientemente cuando se ha habla-do de Arana, cuando se ha denunciado la Educa-ción, la tergiversación de la memoria histórica. Hasta hace bien poco no era políticamente co-rrecto denunciar el solapamiento político de los abertzales moderados con los terroristas. A quien lo hiciera se le acusaba de satanizar el nacionalismo. Todavía hace poco tiempo fui acu-sado de calumniador por haber atribuido a Arza-lluz un proyecto de censo vasco. En realidad yo lo había escrito unos años antes. Cuánta resis-tencia a reconocer lo obvio. Cuántos defensores espontáneos (?) del PNV. Se reducía la importancia de HE a un gueto, y se intentaba salvar el nacionalismo moderado. No sólo se aumentaba la capacidad hegemónica del PNV sino que se le concedían por ello unos derechos de forma antidemocrática. Se le regaló la centralidad democrática cuando por defíni-ción todo nacionalismo es extremoso en sus plan-teamientos (discrininadores) y en sus resulta-dos (totalitarios). La opinión mayoritaria sobre la buena fe de ETA al proponer la tregua es una buena prueba del desánimo de muchos constitucionalistas. De-mostrado su carácter tramposo tuvimos que so-portar a los apóstoles del diálogo y las equidis-tancias entre PP y ETA. Se seguía situando al PNV en el centro ¡después de Estella! Para algu-nos no ha sido tardía la conciencia. Simplemen-te no les ha llegado aún. Si no reconocemos este itinerario, no podre-mos valorar la agonía en la que estamos. Tampo-co la importancia de la victoria. Si la consegui-mos. César ALONSO DE LOS Ríos Periodista y Escritor |