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#1
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La política vasca es una fuente inagotable de paradojas. La crisis del socialismo vasco sigue la costumbre.
Los llamados «españolistas», liderados por Nicolás Redondo, son en realidad los verdaderos partidarios de que el PSE tenga un proyecto autónomo, arraigado en la realidad vasca. En cambio, los llamados «vasquistas» temen perder la subordinación al PNV y esperan que Madrid les apoye contra sus compañeros, por ejemplo echando a Nicolás Redondo de la secretaría general. El socialismo constitucionalista tiene ideas propias y está inmerso en los debates políticos y culturales vascos; los vasquistas, en cambio, se deleitan con Tusell, Herrero de Miñón y Maragall, viendo a los intelectuales vascos como sus enemigos. Redondo cree firmemente en la necesidad y posibilidad de ganar las elecciones y de gobernar el País Vasco -probablemente con el PP-, mientras que los llamados vasquistas prefieren un papelito secundario en la tragicomedia titulada «La eterna y sangrienta construcción nacional de Euskalherria». Esta segunda y castrante opción es preferida en Ferraz, porque coincide con el sectarismo instalado en buena parte del socialismo español, obsesionado por volver como sea a La Moncloa, si es necesario del brazo del PNV. Y es indudable que Arzalluz habrá pedido, como condición para hacer negocios juntos, la cabeza de Redondo, en una encomiable muestra de respeto hacia la autonomía de su aliado histórico. El juicio del electorado vasco que vota socialista es bastante diferente, que reclamaba convertir en centro de la acción política la defensa de la libertad, amenazada por el pacto entre PNV y ETA. Mientras las encuestas fueron favorables, pocos disintieron de esa estrategia; resulta conmovedor recordar las airadas denuncias del nacionalismo proferidas -Huertas, Gemma Zabaleta- por quienes hoy corren en su busca. Pero, tras la derrota por la mínima del 13-M, brillaron los puñales y la exigencia de cabezas, jaleada por los portavoces de González en «El País», la «Ser» y otros medios. Lejos del desastre que lamentan, las elecciones de mayo hundieron a Batasuna y acortaron a 25.000 votos la distancia entre PNV-EA y PP-PSE, cuando en 1990 era de 105.000: ¡vaya un fracaso! Aclarando las cosas, el PSOE juzgó un éxito las elecciones gallegas, donde quedaron los últimos. Quizás Ferraz ha decidido intervenir para evitar que un día se consume el desastre de un País Vasco tan aburrido y normalito como Galicia o Cantabria. La imagen que mejor retrata la situación en que sobrevive el socialismo vasco, ésa de la que no quieren saber nada Rodríguez Ibarra o Juan Luis Cebrián, es que el PSE-EE no ha conseguido convencer a una sola de las 22 personas que componían su candidatura en Durango en las últimas elecciones municipales para que sustituyan al último concejal socialista dimitido. A diferencia de Rodríguez Ibarra, los socialistas durangueses no se han enterado de que su enemigo es Mayor Oreja, como por consiguiente lo era José María Pedrosa, asesinado por ETA. La renuencia de los candidatos socialistas es legítima y perfectamente comprensible: ser concejal constitucional en cualquier pueblo vasco, da igual si del PSE o del PP, significa ir de voluntario a lo que Carlos Totorika, alcalde de Ermua, llama gráficamente «el corredor vasco de la muerte». Obligado a llevar escolta, con la familia amenazada, aislado en el trabajo, evitado por los falsos amigos y compañeros, enfrentado a la indiferencia de tantos malos vecinos, ese modesto concejal que ni siquiera sueña con vivir del cargo descubre el infierno en vida. ¿Merece la pena añadir a esta lista de infortunios la insensibilidad de los propios dirigentes, cegados por el sectarismo? Se verá en las próximas elecciones municipales. |
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#2
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Como decía Lao zi creo, las bases que se rebelaron en el caso de Borrell y las primarias, van a VOLVER A REBELARSE ahora.
No tiene sentido que haya tanta mentecatez. > inorganico ha escrito: > La política vasca es una fuente inagotable de paradojas. La crisis del socialismo vasco sigue la costumbre. > Los llamados «españolistas», liderados por Nicolás Redondo, son en realidad los verdaderos partidarios de que el PSE tenga un proyecto autónomo, arraigado en la realidad vasca. > > En cambio, los llamados «vasquistas» temen perder la subordinación al PNV y esperan que Madrid les apoye contra sus compañeros, por ejemplo echando a Nicolás Redondo de la secretaría general. El socialismo constitucionalista tiene ideas propias y está inmerso en los debates políticos y culturales vascos; los vasquistas, en cambio, se deleitan con Tusell, Herrero de Miñón y Maragall, viendo a los intelectuales vascos como sus enemigos. > > Redondo cree firmemente en la necesidad y posibilidad de ganar las elecciones y de gobernar el País Vasco -probablemente con el PP-, mientras que los llamados vasquistas prefieren un papelito secundario en la tragicomedia titulada «La eterna y sangrienta construcción nacional de Euskalherria». > Esta segunda y castrante opción es preferida en Ferraz, porque coincide con el sectarismo instalado en buena parte del socialismo español, obsesionado por volver como sea a La Moncloa, si es necesario del brazo del PNV. Y es indudable que Arzalluz habrá pedido, como condición para hacer negocios juntos, la cabeza de Redondo, en una encomiable muestra de respeto hacia la autonomía de su aliado histórico. > > El juicio del electorado vasco que vota socialista es bastante diferente, que reclamaba convertir en centro de la acción política la defensa de la libertad, amenazada por el pacto entre PNV y ETA. > > Mientras las encuestas fueron favorables, pocos disintieron de esa estrategia; resulta conmovedor recordar las airadas denuncias del nacionalismo proferidas -Huertas, Gemma Zabaleta- por quienes hoy corren en su busca. Pero, tras la derrota por la mínima del 13-M, brillaron los puñales y la exigencia de cabezas, jaleada por los portavoces de González en «El País», la «Ser» y otros medios. > Lejos del desastre que lamentan, las elecciones de mayo hundieron a Batasuna y acortaron a 25.000 votos la distancia entre PNV-EA y PP-PSE, cuando en 1990 era de 105.000: ¡vaya un fracaso! > > Aclarando las cosas, el PSOE juzgó un éxito las elecciones gallegas, donde quedaron los últimos. Quizás Ferraz ha decidido intervenir para evitar que un día se consume el desastre de un País Vasco tan aburrido y normalito como Galicia o Cantabria. > > > La imagen que mejor retrata la situación en que sobrevive el socialismo vasco, ésa de la que no quieren saber nada Rodríguez Ibarra o Juan Luis Cebrián, es que el PSE-EE no ha conseguido convencer a una sola de las 22 personas que componían su candidatura en Durango en las últimas elecciones municipales para que sustituyan al último concejal socialista dimitido. > A diferencia de Rodríguez Ibarra, los socialistas durangueses no se han enterado de que su enemigo es Mayor Oreja, como por consiguiente lo era José María Pedrosa, asesinado por ETA. La renuencia de los candidatos socialistas es legítima y perfectamente comprensible: ser concejal constitucional en cualquier pueblo vasco, da igual si del PSE o del PP, significa ir de voluntario a lo que Carlos Totorika, alcalde de Ermua, llama gráficamente «el corredor vasco de la muerte». Obligado a llevar escolta, con la familia amenazada, aislado en el trabajo, evitado por los falsos amigos y compañeros, enfrentado a la indiferencia de tantos malos vecinos, ese modesto concejal que ni siquiera sueña con vivir del cargo descubre el infierno en vida. > > ¿Merece la pena añadir a esta lista de infortunios la insensibilidad de los propios dirigentes, cegados por el sectarismo? Se verá en las próximas elecciones municipales. > > |
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> inorganico ha escrito:
> La política vasca es una fuente inagotable de paradojas. La crisis del socialismo vasco sigue la costumbre. > Los llamados «españolistas», liderados por Nicolás Redondo, son en realidad los verdaderos partidarios de que el PSE tenga un proyecto autónomo, arraigado en la realidad vasca. > > En cambio, los llamados «vasquistas» temen perder la subordinación al PNV y esperan que Madrid les apoye contra sus compañeros, por ejemplo echando a Nicolás Redondo de la secretaría general. El socialismo constitucionalista tiene ideas propias y está inmerso en los debates políticos y culturales vascos; los vasquistas, en cambio, se deleitan con Tusell, Herrero de Miñón y Maragall, viendo a los intelectuales vascos como sus enemigos. > > Redondo cree firmemente en la necesidad y posibilidad de ganar las elecciones y de gobernar el País Vasco -probablemente con el PP-, mientras que los llamados vasquistas prefieren un papelito secundario en la tragicomedia titulada «La eterna y sangrienta construcción nacional de Euskalherria». > Esta segunda y castrante opción es preferida en Ferraz, porque coincide con el sectarismo instalado en buena parte del socialismo español, obsesionado por volver como sea a La Moncloa, si es necesario del brazo del PNV. Y es indudable que Arzalluz habrá pedido, como condición para hacer negocios juntos, la cabeza de Redondo, en una encomiable muestra de respeto hacia la autonomía de su aliado histórico. > > El juicio del electorado vasco que vota socialista es bastante diferente, que reclamaba convertir en centro de la acción política la defensa de la libertad, amenazada por el pacto entre PNV y ETA. > > Mientras las encuestas fueron favorables, pocos disintieron de esa estrategia; resulta conmovedor recordar las airadas denuncias del nacionalismo proferidas -Huertas, Gemma Zabaleta- por quienes hoy corren en su busca. Pero, tras la derrota por la mínima del 13-M, brillaron los puñales y la exigencia de cabezas, jaleada por los portavoces de González en «El País», la «Ser» y otros medios. > Lejos del desastre que lamentan, las elecciones de mayo hundieron a Batasuna y acortaron a 25.000 votos la distancia entre PNV-EA y PP-PSE, cuando en 1990 era de 105.000: ¡vaya un fracaso! > > Aclarando las cosas, el PSOE juzgó un éxito las elecciones gallegas, donde quedaron los últimos. Quizás Ferraz ha decidido intervenir para evitar que un día se consume el desastre de un País Vasco tan aburrido y normalito como Galicia o Cantabria. > > > La imagen que mejor retrata la situación en que sobrevive el socialismo vasco, ésa de la que no quieren saber nada Rodríguez Ibarra o Juan Luis Cebrián, es que el PSE-EE no ha conseguido convencer a una sola de las 22 personas que componían su candidatura en Durango en las últimas elecciones municipales para que sustituyan al último concejal socialista dimitido. > A diferencia de Rodríguez Ibarra, los socialistas durangueses no se han enterado de que su enemigo es Mayor Oreja, como por consiguiente lo era José María Pedrosa, asesinado por ETA. La renuencia de los candidatos socialistas es legítima y perfectamente comprensible: ser concejal constitucional en cualquier pueblo vasco, da igual si del PSE o del PP, significa ir de voluntario a lo que Carlos Totorika, alcalde de Ermua, llama gráficamente «el corredor vasco de la muerte». Obligado a llevar escolta, con la familia amenazada, aislado en el trabajo, evitado por los falsos amigos y compañeros, enfrentado a la indiferencia de tantos malos vecinos, ese modesto concejal que ni siquiera sueña con vivir del cargo descubre el infierno en vida. > > ¿Merece la pena añadir a esta lista de infortunios la insensibilidad de los propios dirigentes, cegados por el sectarismo? Se verá en las próximas elecciones municipales. > > |
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> inorganico ha escrito:
> La política vasca es una fuente inagotable de paradojas. La crisis del socialismo vasco sigue la costumbre. > Los llamados «españolistas», liderados por Nicolás Redondo, son en realidad los verdaderos partidarios de que el PSE tenga un proyecto autónomo, arraigado en la realidad vasca. > > En cambio, los llamados «vasquistas» temen perder la subordinación al PNV y esperan que Madrid les apoye contra sus compañeros, por ejemplo echando a Nicolás Redondo de la secretaría general. El socialismo constitucionalista tiene ideas propias y está inmerso en los debates políticos y culturales vascos; los vasquistas, en cambio, se deleitan con Tusell, Herrero de Miñón y Maragall, viendo a los intelectuales vascos como sus enemigos. > > Redondo cree firmemente en la necesidad y posibilidad de ganar las elecciones y de gobernar el País Vasco -probablemente con el PP-, mientras que los llamados vasquistas prefieren un papelito secundario en la tragicomedia titulada «La eterna y sangrienta construcción nacional de Euskalherria». > Esta segunda y castrante opción es preferida en Ferraz, porque coincide con el sectarismo instalado en buena parte del socialismo español, obsesionado por volver como sea a La Moncloa, si es necesario del brazo del PNV. Y es indudable que Arzalluz habrá pedido, como condición para hacer negocios juntos, la cabeza de Redondo, en una encomiable muestra de respeto hacia la autonomía de su aliado histórico. > > El juicio del electorado vasco que vota socialista es bastante diferente, que reclamaba convertir en centro de la acción política la defensa de la libertad, amenazada por el pacto entre PNV y ETA. > > Mientras las encuestas fueron favorables, pocos disintieron de esa estrategia; resulta conmovedor recordar las airadas denuncias del nacionalismo proferidas -Huertas, Gemma Zabaleta- por quienes hoy corren en su busca. Pero, tras la derrota por la mínima del 13-M, brillaron los puñales y la exigencia de cabezas, jaleada por los portavoces de González en «El País», la «Ser» y otros medios. > Lejos del desastre que lamentan, las elecciones de mayo hundieron a Batasuna y acortaron a 25.000 votos la distancia entre PNV-EA y PP-PSE, cuando en 1990 era de 105.000: ¡vaya un fracaso! > > Aclarando las cosas, el PSOE juzgó un éxito las elecciones gallegas, donde quedaron los últimos. Quizás Ferraz ha decidido intervenir para evitar que un día se consume el desastre de un País Vasco tan aburrido y normalito como Galicia o Cantabria. > > > La imagen que mejor retrata la situación en que sobrevive el socialismo vasco, ésa de la que no quieren saber nada Rodríguez Ibarra o Juan Luis Cebrián, es que el PSE-EE no ha conseguido convencer a una sola de las 22 personas que componían su candidatura en Durango en las últimas elecciones municipales para que sustituyan al último concejal socialista dimitido. > A diferencia de Rodríguez Ibarra, los socialistas durangueses no se han enterado de que su enemigo es Mayor Oreja, como por consiguiente lo era José María Pedrosa, asesinado por ETA. La renuencia de los candidatos socialistas es legítima y perfectamente comprensible: ser concejal constitucional en cualquier pueblo vasco, da igual si del PSE o del PP, significa ir de voluntario a lo que Carlos Totorika, alcalde de Ermua, llama gráficamente «el corredor vasco de la muerte». Obligado a llevar escolta, con la familia amenazada, aislado en el trabajo, evitado por los falsos amigos y compañeros, enfrentado a la indiferencia de tantos malos vecinos, ese modesto concejal que ni siquiera sueña con vivir del cargo descubre el infierno en vida. > > ¿Merece la pena añadir a esta lista de infortunios la insensibilidad de los propios dirigentes, cegados por el sectarismo? Se verá en las próximas elecciones municipales. > > |
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> inorganico ha escrito:
>> inorganico ha escrito: >> La política vasca es una fuente inagotable de paradojas. La crisis del socialismo vasco sigue la costumbre. >> Los llamados «españolistas», liderados por Nicolás Redondo, son en realidad los verdaderos partidarios de que el PSE tenga un proyecto autónomo, arraigado en la realidad vasca. >> >> En cambio, los llamados «vasquistas» temen perder la subordinación al PNV y esperan que Madrid les apoye contra sus compañeros, por ejemplo echando a Nicolás Redondo de la secretaría general. El socialismo constitucionalista tiene ideas propias y está inmerso en los debates políticos y culturales vascos; los vasquistas, en cambio, se deleitan con Tusell, Herrero de Miñón y Maragall, viendo a los intelectuales vascos como sus enemigos. >> >> Redondo cree firmemente en la necesidad y posibilidad de ganar las elecciones y de gobernar el País Vasco -probablemente con el PP-, mientras que los llamados vasquistas prefieren un papelito secundario en la tragicomedia titulada «La eterna y sangrienta construcción nacional de Euskalherria». >> Esta segunda y castrante opción es preferida en Ferraz, porque coincide con el sectarismo instalado en buena parte del socialismo español, obsesionado por volver como sea a La Moncloa, si es necesario del brazo del PNV. Y es indudable que Arzalluz habrá pedido, como condición para hacer negocios juntos, la cabeza de Redondo, en una encomiable muestra de respeto hacia la autonomía de su aliado histórico. >> >> El juicio del electorado vasco que vota socialista es bastante diferente, que reclamaba convertir en centro de la acción política la defensa de la libertad, amenazada por el pacto entre PNV y ETA. >> >> Mientras las encuestas fueron favorables, pocos disintieron de esa estrategia; resulta conmovedor recordar las airadas denuncias del nacionalismo proferidas -Huertas, Gemma Zabaleta- por quienes hoy corren en su busca. Pero, tras la derrota por la mínima del 13-M, brillaron los puñales y la exigencia de cabezas, jaleada por los portavoces de González en «El País», la «Ser» y otros medios. >> Lejos del desastre que lamentan, las elecciones de mayo hundieron a Batasuna y acortaron a 25.000 votos la distancia entre PNV-EA y PP-PSE, cuando en 1990 era de 105.000: ¡vaya un fracaso! >> >> Aclarando las cosas, el PSOE juzgó un éxito las elecciones gallegas, donde quedaron los últimos. Quizás Ferraz ha decidido intervenir para evitar que un día se consume el desastre de un País Vasco tan aburrido y normalito como Galicia o Cantabria. >> >> >> La imagen que mejor retrata la situación en que sobrevive el socialismo vasco, ésa de la que no quieren saber nada Rodríguez Ibarra o Juan Luis Cebrián, es que el PSE-EE no ha conseguido convencer a una sola de las 22 personas que componían su candidatura en Durango en las últimas elecciones municipales para que sustituyan al último concejal socialista dimitido. >> A diferencia de Rodríguez Ibarra, los socialistas durangueses no se han enterado de que su enemigo es Mayor Oreja, como por consiguiente lo era José María Pedrosa, asesinado por ETA. La renuencia de los candidatos socialistas es legítima y perfectamente comprensible: ser concejal constitucional en cualquier pueblo vasco, da igual si del PSE o del PP, significa ir de voluntario a lo que Carlos Totorika, alcalde de Ermua, llama gráficamente «el corredor vasco de la muerte». Obligado a llevar escolta, con la familia amenazada, aislado en el trabajo, evitado por los falsos amigos y compañeros, enfrentado a la indiferencia de tantos malos vecinos, ese modesto concejal que ni siquiera sueña con vivir del cargo descubre el infierno en vida. >> >> ¿Merece la pena añadir a esta lista de infortunios la insensibilidad de los propios dirigentes, cegados por el sectarismo? Se verá en las próximas elecciones municipales. >> >> |
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> inorganico ha escrito:
> La política vasca es una fuente inagotable de paradojas. La crisis del socialismo vasco sigue la costumbre. > Los llamados «españolistas», liderados por Nicolás Redondo, son en realidad los verdaderos partidarios de que el PSE tenga un proyecto autónomo, arraigado en la realidad vasca. > > En cambio, los llamados «vasquistas» temen perder la subordinación al PNV y esperan que Madrid les apoye contra sus compañeros, por ejemplo echando a Nicolás Redondo de la secretaría general. El socialismo constitucionalista tiene ideas propias y está inmerso en los debates políticos y culturales vascos; los vasquistas, en cambio, se deleitan con Tusell, Herrero de Miñón y Maragall, viendo a los intelectuales vascos como sus enemigos. > > Redondo cree firmemente en la necesidad y posibilidad de ganar las elecciones y de gobernar el País Vasco -probablemente con el PP-, mientras que los llamados vasquistas prefieren un papelito secundario en la tragicomedia titulada «La eterna y sangrienta construcción nacional de Euskalherria». > Esta segunda y castrante opción es preferida en Ferraz, porque coincide con el sectarismo instalado en buena parte del socialismo español, obsesionado por volver como sea a La Moncloa, si es necesario del brazo del PNV. Y es indudable que Arzalluz habrá pedido, como condición para hacer negocios juntos, la cabeza de Redondo, en una encomiable muestra de respeto hacia la autonomía de su aliado histórico. > > El juicio del electorado vasco que vota socialista es bastante diferente, que reclamaba convertir en centro de la acción política la defensa de la libertad, amenazada por el pacto entre PNV y ETA. > > Mientras las encuestas fueron favorables, pocos disintieron de esa estrategia; resulta conmovedor recordar las airadas denuncias del nacionalismo proferidas -Huertas, Gemma Zabaleta- por quienes hoy corren en su busca. Pero, tras la derrota por la mínima del 13-M, brillaron los puñales y la exigencia de cabezas, jaleada por los portavoces de González en «El País», la «Ser» y otros medios. > Lejos del desastre que lamentan, las elecciones de mayo hundieron a Batasuna y acortaron a 25.000 votos la distancia entre PNV-EA y PP-PSE, cuando en 1990 era de 105.000: ¡vaya un fracaso! > > Aclarando las cosas, el PSOE juzgó un éxito las elecciones gallegas, donde quedaron los últimos. Quizás Ferraz ha decidido intervenir para evitar que un día se consume el desastre de un País Vasco tan aburrido y normalito como Galicia o Cantabria. > > > La imagen que mejor retrata la situación en que sobrevive el socialismo vasco, ésa de la que no quieren saber nada Rodríguez Ibarra o Juan Luis Cebrián, es que el PSE-EE no ha conseguido convencer a una sola de las 22 personas que componían su candidatura en Durango en las últimas elecciones municipales para que sustituyan al último concejal socialista dimitido. > A diferencia de Rodríguez Ibarra, los socialistas durangueses no se han enterado de que su enemigo es Mayor Oreja, como por consiguiente lo era José María Pedrosa, asesinado por ETA. La renuencia de los candidatos socialistas es legítima y perfectamente comprensible: ser concejal constitucional en cualquier pueblo vasco, da igual si del PSE o del PP, significa ir de voluntario a lo que Carlos Totorika, alcalde de Ermua, llama gráficamente «el corredor vasco de la muerte». Obligado a llevar escolta, con la familia amenazada, aislado en el trabajo, evitado por los falsos amigos y compañeros, enfrentado a la indiferencia de tantos malos vecinos, ese modesto concejal que ni siquiera sueña con vivir del cargo descubre el infierno en vida. > > ¿Merece la pena añadir a esta lista de infortunios la insensibilidad de los propios dirigentes, cegados por el sectarismo? Se verá en las próximas elecciones municipales. > > |