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Había expectación con la intervención de Anasagasti, consecuencia de la putrefacta situación del llamado, por los nacionalistas, contencioso vasco. Anasagasti no ha decepcionado, porque ha dicho más o menos lo que todos esperábamos que dijera. Eso sí, con mayor pasión y brillo que otras tediosas señorías. Pero tal vez con la pasión malsana que produce la involución etnicista del PNV, de la que el jefe innombrable de Anasagasti ha dado cumplida demostración en el último Aberri Eguna. De hecho, la expectación producida por la intervención nacionalista en el debate de investidura tenía más que ver con la posibilidad de valorar mediante la misma el grado actual de alejamiento de los valores democráticos más comunes que aflige al nacionalismo, antes moderado y ahora neoaranista.
En este sentido, Anasagasti ha sido más prudente que Arzalluz. A través de su portavoz, el PNV se ha presentado como el único partido que cumple sus compromisos y obra de buena fe, el único realmente interesado en la paz y en el largo plazo, el exclusivo que arriesga y se la juega ante la frivolidad general, recibiendo a cambio -¡ay!- insultos, ataques, persecuciones, etcétera. Aparte de exhibir heridas, Anasagasti, desmintiendo su fervor por el cambio y la movilidad, ha insistido en darse y darnos otra vuelta por el carrusel de la idea fija y la obsesión imposible: el pueblo vasco creía en el Estatuto, pero ya ha dejado de creer por el incumplimiento de los Gobiernos y partidos españoles y porque -acabáramos- el Estatuto no permite el reconocimiento de la identidad nacional vasca que postula ahora su partido con ETA y HB: la territorialidad y la soberanía étnica. La solución que propone el PNV y que, por descontado, admite como la única posible es insistir en el pacto de Estella, formar una mesa de partidos sin exclusiones (esto es, con HB), acercar presos. Nada de policías, que no valen. Ante tal regodeo en el fracaso -sólo inteligible porque la factura la pagan otros-, cabe abundar en la pregunta que hizo Aznar: ¿qué hace falta para que el PNV admita que su vía ha fracasado?, ¿cuánta kale borroka, cuántos muertos, cuantas bombas a la Brunete mediática? Silencio sintomático, Anasagasti se dolió de los ataques mediáticos, pero no tuvo un recuerdo solidario para Zuloaga, el último objetivo del paquete bomba. En resumen, en el hemiciclo se hablaba de política y de Estado hasta que llegó Anasagasti, que mandó parar como el famoso comandante para imponernos lo suyo: el culto absorto al propio ombligo y el olvido de todo lo demás. -------------------------------------------------- |